A los 28
Sentadas en una mesa del chifa del Chino Mont, cinco chicas solteras, sabrosas y sin medio compromiso -razón por la cual nada nos detuvo cuando decidimos partir el fin de semana a Trujillo-, compartimos unos ricos potajes cuyo nombre desconozco, así como una amena tertulia de esas cuyos temas no podemos evitar a nuestra edad.
Nuestra edad… como diría un dominicano, ¡qué diturbio! (sin “s”). En cierto momento, Marilyn contó que su amiga María Laura había tenido su primer hijo a los 20, a lo cual Lorena (27, al borde los 28) exclamó: “¡Ocho años de mi vida perdidos!”. Fátima, nuestra amiga vasca, con el genio y buen verbo que la caracteriza, dijo inmediatamente: “Uf, y los que te quedan por perder, así como vamos…”. Ja, ja… no pude más que reírme. Comprobé que, cuando nos vamos acercando a los 30, las mujeres -hic et nunc- entramos en la tricotomía pena-resignación-esperanza.
Pena, porque en el fondo - al menos algunas-, soñamos con ser unas mamás regias y entendidas de los asuntos de nuestros hijos, así como esposas de las que cualquier hombre se sentiría orgulloso -lo cual implica comenzar con la labor entrando a los 20-. Resignación, porque ya pasamos tanto tiempo en el rollo ensayo-error que ya da igual si the one aparece a los 28, los 30 ó los 35. De todos modos, cuando entremos a la iglesia del brazo de papá, comentarán: “Felizmente encontró a alguien, porque se le pasaba el tren”, o el manido “Se está casando tía, ¿no?”. Finalmente, esperanza, porque siempre quedará la posibilidad de adoptar, de tener un solo hijo o de que mañana, saliendo del trabajo, el hombre de mis sueños me choque el auto y me dé su tarjeta.
Alguna vez, mi hermano mayor le llamó a esto en televisión “la esquizofrenia” de las mujeres del cuarto de siglo para arriba. Por un lado, la sociedad consumista y superficial nos cuenta que estamos en nuestro mejor momento, que debemos aprovechar el tiempo para viajar, hacer una maestría abroad, comprarnos una linda Rav4 y modelar la figura a nuestro gusto -y al gusto de todos-. Es decir, mamita, ¿qué haces traumándote? Estás loca, lo mejor ahora es estar soltera porque cuando ya empiezas a tener hijos, te fregaste… olvídate de la playa, de la cintura que tanto te costó sacar y de los viajes aventureros. No more, no way. Sin embargo, el otro lado de la moneda es que todas estamos dispuestas a hacer el sacrificio, porque toda mujer tiene en su alma un instinto de maternidad que nos encanta demostrar cuando nos dejan de baby sitter de nuestros sobrinos -por lo menos yo, me siento la mamá de The Incredibles cuando logro cambiar un pañal, je-; porque desde niñas admiramos a nuestras madres cuando iban al mercado u ordenaban la casa -¿quién no jugó de niñita a la cocinita o al departamento de la Barbie?-, y porque en el fondo nos sabemos capaces de superar todo el drama antes expuesto con inteligencia y picardía.
¿Qué pienso yo sobre MI propia vida? No me escapo de la ezquizofrenia, he de admitirlo. Un día amanezco cantando que soy una soltera feliz, libre e independiente por la voluntad general de los hombres; y al día siguiente me deprimo porque no hay quien espere mi llamada para oír la dulzura de mi voz. Sin embargo, la realidad es la que siempre termino asumiendo, cada día con menos esfuerzo: ”Yo soy una mujer de carne y hueso, yo soy una mujer que se enamora, oyendo una canción, o algún poema de amor, soñando en el silencio de mi alcoba… yo soy una mujer que cuando ama, se entrega sin medidas toda, toda… no sé si soy mejor o peor, tanto solo soy, una sencilla y frágil soñadora”. De que friega cuando me dicen en la calle: “‘¿Qué va a llevar, señora?”, pues sí, friega. Más aun: cuando veo a Fiorella llegar a misa con sus 4 hijos, su guapo esposo y su figura de quinceañera, el hígado me hace crunch. Sin embargo, las cosas claras: lo que tiene que llegar, llega. Dios ha diseñado las cosas de este modo, y yo confío en que es lo mejor. Claro, el corazón duele, pide, y reclama. Pero ya está. Que siga llorando -para eso tengo mi carrito, ahora con aire acondicionado para secar más rápido las lágrimas-… cuando le toque la hora del anillo, de la sala de partos y el primer día de colegio, recordará todo este diturbio como una anécdota capaz de compartirse entre cinco chicas, casadas e igual de sabrosas que antaño, en una buena tertulia que terminará con el recuerdo de aquella vez, en Trujillo, cuando discutimos animosamente cómo haríamos para que nuestro futuro novio sepa nuestra talla de dedo a la hora de comprar el anillo de compromiso.
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- Publicado:
- Enero 28, 2008 / 10:53 pm
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