Lo que pasó, pasó
Puedo por fin sentarme a escribir sin pizca de presión de tiempo. La bendita APEC, desdeñada por los limeños que se largaron a disfrutar de las vacaciones forzadas -yo la primera de la larga lista, aunque finalmente me quedé por motivos de fuerza mayor-, me ha concedido unas horas de tregua en el apretado schedule que me he impuesto a punta de querer salvar el mundo.
Algunos recordarán el post “Afanés Tóxicos”. Si no lo recuerdan, no importa. Yo tampoco me acordaba mucho de él, hasta que entré y lo releí -y me sorprendió, como si me enterara por primera vez, la respuesta de Angela… magistral la muchacha en algunos puntos-. Allí, según mi vaga memoria, había escrito acerca de la incertidumbre que se siente al salir con alguien y no saber lo que realmente quiere contigo. Un tipo de incertidumbre que te obsesiona, te turba y, a veces, te espanta. ¿Le gustaré? ¿Estará jugando? ¿Irá en serio? ¿Por qué no me llama más seguido? ¿Por qué me llama tan seguido? Totalmente freak el asunto. Hasta que llega el día en que, o te cae, o se desaparece de tu vida sin dejar huella -y reaparece un par de meses después, para comenzar una amistad totalmente reloaded-.
Pasado algún tiempo que, sentimentalmente, ha sido intenso para mí -cada caída ha supuesto una inyección de sabiduría emocional al estilo Coleman*, lo aseguro-, puedo decir que la Majo ansiosa por conocer qué pasará con él, y qué pasará con él, y ¡qué demonios pasará con él!, ha sido guardada en un cajón… en el cajón de ”las cojudeces que no repetirás”. No, no, ya no. Para empezar, porque es raro que aparezca un hombre que cumpla mis requerimientos hasta el punto de motivarme a no dejarlo escapar, bajo cualquier precio. Y luego, porque ya estoy lo suficientemente vieja como para andar lanzando suspiros por cada mequetrefe que me aliña la ensalada. Ni hablar.
Además, como todo o casi todo en esta vida es sujeto de evolución, también esto de la guerra interior cuando te afanan ha evolucionado. Ya no se afana con expectativa, con el “poco a poco” interior. Ya casi no se sufre la espera. Ahora se va directo al grano y sin rodeos. Máximo dos semanas. Después, ya empiezas con los “te extraño” y los “me gustas” y claro, el beso de ley -sin compromiso, caserita-. El otro día, un amigo me dijo acerca de su actual enamorada: “Yo, a la primera salida nomás. El taxi de regreso resultó propicio, como siempre. Uno estira el brazo y si ella no pone reparos, listo”. Sin embargo, aunque el mundo y yo y todos reconozcamos este nuevo tránsito, la situación actual no termina -es más, empeora- la duda de fondo: ¿Qué realmente quiere este tipo conmigo?
¿Por qué digo que empeora? Porque en la época en la cual no te besaba, siquiera podías tener la lejana esperanza de que no lo hiciera pues estaba esperando a ofrecerte algo serio, es decir, una relación de enamorados. Pero ya no, eso ya fue: ahora sientes, y punto. Sientes = chapas, cerebro = ¿para qué?, intención = desaguar el feeling, futuro = no existe en este momento, no distraigas con pensamientos tontos, disfruta el momento, ya olvídate porque mañana lo que pasó, pasó entre tú y yo. Y yo, cachaca mental como soy, no lo asumo, ni lo acepto, ni creo que lo aceptaré. Aunque el mundo se burle, aunque todos me digan que hablo como lo haría mi abuela, yo seguiré afirmando que uno solo debe besar con emoción y sin conmoción al que es tu enamorado, al que se ha ganado ese derecho -y viceversa- y con el que tienes la intención de conocerte para ver si, quizás, es la persona con quien quisieras pintar la última de tus canas.
Esto, por supuesto, me ha hecho rebotar más de una vez… más de dos, o más de tres. ¿Quién piensa así ahora? El 0.001% de la población mundial. El único hombre útil -soltero y sin compromiso, con algo de gracia en la mirada- que conozco que piensa así, es un tremendo inalcanzable porque no solo no quiere nada conmigo… como si fuera poco, me huye. Tengo en mi maletera el premio que se ganó en la rifa que le vendí hace un año, y aunque he ofrecido llevárselo a donde me diga, no ha querido ni que me acerque a contemplar sus limpios ojos caramelo. Por tanto, lo que me queda es pasar de disturbio en disturbio, es decir, del “no puedo estar contigo porque te haría daño”, al “eres maravillosa, pero pensamos diferente acerca del sexo”, pasando por el “eres demasiado buena para mí”. Ustedes dirán: ¿pero para qué aceptas salir con chicos que, efectivamente, no piensan como tú? Pues porque no soy de piedra, y el corazón, cuando no le das lo que realmente necesita -Dios-, traiciona.
Mi última experiencia de este tipo ocurrió hace poco. Un chico nice, de los que me atraen. Una compañía como no tenía hacía… varios años. Pero cometimos el grave error de engacharnos demasiado, por lo menos yo. Disfruté de cada mensaje de texto, de cada llamada, de cada canción que me soñé bailar con él, sin embargo, en el corto periodo de conocimiento que tuvimos, descubrí que no pertenecía al 0.001% de la población mundial antes mencionado, y tampoco iba a conseguir yo pasarlo a mi bando. Por más radical que suene -lo es-, era o amigos o nada. Al final, parece que sin querer queriendo se ha impuesto el “nada”, y no puedo negar que el corazón, traicionero, me tirita de cuando en vez, sobre todo cuando veo en mi celular únicamente notificaciones acerca de mi conexión a internet fallida.
Pero bueno… luego viene el proceso de cicatrización, de poner la mente en blanco cuando el teléfono suena, de reunirte con tus amigas a recordar que no necesitas de ningún hombre para sobrevivir -sic, mi hermano mayor- y de coquetearle a quien se te da la gana porque, total, eres libre e independiente por la voluntad general de los hombres. En mi caso, este proceso se vio interrumpido súbitamente cuando reapareció en mi escenario el Rubio de Oro, un niño que vive en España con el cual compartí buenos momentos el año pasado -este año, no, porque, ¿adivinen? Desapareció… ja-.
Aclaración: con el Rubio alguna vez hubo un feeling que no se concretó por el tema de la distancia y, valgan verdades, porque a ratos su dulzura se diluía en su excesiva seguridad en sí mismo y pedantería. El domingo volví a hablar con él, y hoy también. No había ninguna intención, por lo menos mía, de despertar algún cariño del pasado. Nada. Entró a skype, yo estaba en pijama -rosadita, de polar, más grande que toda mi humanidad, por cierto-. De pronto, me dijo: “Te voy a pedir un favor”. Pensé que quería que le enviara algo, o que contactara a algún amigo suyo en Perú. “Sí, claro”, respondí. “Quería echar valor para decírtelo… es que quiero conocer cómo eres por dentro”. Me sentí, hasta cierto punto, halagada. Habíamos dejado de hablar más de un año y, de pronto, manifestar un interés así… me agradó la idea. Luego dijo: “¿Qué ropa llevas? Déjame verte”. Dudé. Él sabía que estaba con mi pijama casi enterizo rosada. Querría verme en un plano panorámico, pensé. Estiré un poco la webcam y aparecí como la hermana de Chichobello. Finalmente, pidió el favor real: “Ahora, la barriga”. ¿Qué? Hizo una pregunta bastante íntima, después, le canté cuatro verdades y, todavía, se resintió. Ahora que lo pienso, quizás estaba borracho, porque sabe perfectamente cómo soy, cómo pienso, y aquello a lo que jamás me prestaría. Además, hay tanta gente en internet que podría “complacerlo”… en fin. Que a veces pienso que el mundo está de cabeza y que hay momentos en los cuales todo se presta para ir purificando el corazón y llenándolo de lo que realmente vale la pena (ojo: no quisiera caer en los prejuicios o en los paradigmas del descarte, sobrada prueba doy de ello cuando, sin tapujos, me convierto en amiga de mis ex enamorados y ex afanes -suenan como cancha, ja- porque, salvo excepciones, son buenas personas y, aunque la relación de pareja no haya funcionado, no significa que no haya una capacidad mutua de entrega de cariño y respeto).
El primer día libre por APEC se va terminando, así como mis ganas de creer en un hombre ideal. Sin embargo, el Habitante de la Isla me dijo que no podía ir a por menos y que era muy joven para dejar de soñar, pese a tener que ir contracorriente, contra el mundo, contra mis ganas de recibir un bonito mensaje en este preciso momento.
*Coleman es el autor del libro “La Inteligencia Emocional”, de donde yo deduzco que existe una “sabiduría emocional”, je.
Esta canción me gusta porque me aterriza sobre la frialdad para cortar lo que haya que cortar (y me hace recordar mis clases de baile en el gimnasio, je)
Este es el Rubio de Oro. Una lástima porque está bien bonito, jaja…
About this entry
You’re currently reading “Lo que pasó, pasó,” an entry on Un mundo para compartir
- Published:
- Noviembre 20, 2008 / 11:20 pm
- Category:
- Uncategorized
- Tags:



4 Comments
Jump to comment form | comments rss [?] | trackback uri [?]