Cuando se sufre… ¡pero se goza!

Hace unos días, sufrí el despido intempestivo de la empresa donde estaba trabajando. Feo, muy feo. Y como no quisiera siquiera que sufran la toxicidad que supone meter la nariz en el tema, no lo tocaré -por ahora-.

Días más tarde, una amiga con la cual compartí las primeras búsquedas de trabajo en Lima, luego de terminar la carrera en Piura, me dijo: “Chata, ¡un ceviche!”, a lo que respondí: “Cuando tenga chamba de nuevo”. Fiel a su estilo, mi querida Roja se negó a aceptar tal aseveración. “Tú y yo pateamos latas juntas con nuestro curriculum en la mano, e incluso así encontramos la manera de ser felices, así que este problema temporal no puede ser un impedimento para nada, nada…”. Pummm… ¡ouch! Era cierto. Aún recuerdo los días en los cuales merodéabamos juntas el centro de Lima, tocando la puerta de El Comercio, La República y todo aquello que oliera a medio de comunicación. Con el tiempo, cada una consiguió trabajo, y poco a poco llegó la gelatinosa estabilidad -mi despido justifica categóricamente el adjetivo, creo-. Y en ese “poco a poco”, en esos meses, incluso años, que nos tomó llenar de más líneas nuestros cv y nuestros bolsillos, puedo afirmar sin temor a mentir que fuimos muy felices… incluso no teniendo todas las comodidades de las que ahora gozamos.

En ese entonces, no pisábamos discotecas… era muy caro. No comíamos en fast foods… era muy caro. Mucho menos pensábamos en viajar en avión… ¡era muy caro! Hoy -haciendo a un lado por un momento mi handicap de desempleada-, no nos resulta tan caro… pero siento que somos menos felices. Mis recuerdos de ratos frescos, alegres y llenos de energía se remontan a las chinganitas donde consumíamos cerveza litro y medio de 10 soles entre 4 personas; de cuando regresábamos del centro de Lima en un microbus charcheroso, o cuando ni nosotras ni nuestros amigos pensábamos siquiera en manejar un auto propio.

¿No era que el dinero da más tranquilidad, paz y felicidad? ¿Cómo se explica esta situación? Fácil. El dinero brinda facilidades, permite tener más comodidades y elevar la calidad de vida. Sí. Pero… ¿a costa de qué? En nuestro caso, de mucho esfuerzo físico y mental, de dejar la diversión solo para las vacaciones -los fines de semana se reservan para dormir- y hasta de prescindir del amor de un fulano, que no es necesario pero siempre cae bien -¿qué hombre puede soportar a una mujer estresada, ansiosa y workaholic? Y viceversa…-. Entonces, lo que resulta es individuos con American Express y Volkswagen Polo, pero con el alma y el cuerpo tan saturados que ya no son capaces de saborear las cosas sencillas del día a día: la lluvia -eso lo quita el limpiaparabrisas-, el sol -los lentes Oakley lo ocultan- y hasta la cerveza litro y medio entre cuatro -no puedo tomar, mañana tengo que trabajar-. En una frase, se deja de sentir en las venas aquello que sucede mientras hacemos planes (John Lennon): la vida.

Ahora que he dejado -momentáneamente- de respirar tinta de impresoras y tapiz recién aspirado, he tenido tiempo de pensar en todo esto…  y me he propuesto volver a vivir. Lo ganado, ganado está, y no se puede echar por la borda so pretexto de que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, lo que sí debe cambiar -en mí, y en ti, quizás-, es la concepción que tenemos de la vida: no es un buen puesto en la chamba, no es el Bora del año… es disfrutar del olor de la noche, de ver a un niño en el parque; es luchar con pasión por lo que uno siempre anheló; es entonar una canción de Silvana Di Lorenzo sin roche de que digan “qué tía estás”… es, en fin, sonreír con un gesto que nace del alma, de adentro, de donde se encuentra nuestra verdadera felicidad… si sabemos cómo invocarla.

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