All included

Mejor opción no se pudo encontrar. Nuestra fiesta de Año Nuevo no se vendió en Teleticket ni apareció en el ranking del suplemento ¡Viernes! de El Comercio. Sin embargo, estoy segura de que como ella, pocas. Todo estuvo incluido: la diversión, el champagne, la cábala, la playa, el sol… y, sobre todo, el cariño de la gente que sabe cómo dibujar en el rostro de los demás una cálida sonrisa.

Todo empezó cuando los planes de pasar un Año Nuevo udepino terminaron. La Liñan se iba a su terruño de Talara; la Rondón gastaría sus últimos soles para bailar en su añorado Colán; a Lorena la esperaban un par de zamborjas en República Dominicana y hasta el Colorao había decidido chotearme –previa gastadera de MI tiempo- por su insípida Pao. Solo quedábamos en la cada vez más sudorosa Lima, la Melita y la Roja. Puchis… ¿qué hacemos? “Chata, búscate algo pues, pero no me abandones a último momento”, dijo la Roja. Por su parte, Melita se compró una Cybershot rosadita esperando a que un cliente de Nextel hiciera una buena oferta a cambio de una pichicateada en su cuenta de celular.

Ante ello, envié un mail SOS a un buen grupo de mis contactos para pedirles que pasen datos o, por favorcito, que me invitaran –con 2 amigas más- a una fiesta. Solo dos personas respondieron: Coco, el arequipeño –“Majo, estoy en Arequipa, yo te aviso” (nunca avisó)- y mi extrañado amigo Miguel Ángel Tresierra. Mikito, como suelo llamarlo, no se comprometió a nada, solo me envió “saluditos”. Me contó que quizás alquilaría su recién construida casa de playa en Tres Islas y quedó en llamarme. “Mmm… o sea, no me llamarás”, le respondí. Fiel a su estilo descarado, acotó: “Si no te llamo yo, me llamas tú”. No le tomé importancia al asunto y seguí buscando en todos los periódicos que llegan a mi oficina una buena opción para el 31.

Llegado el sábado, mientras me dirigía en mi carro hacia el Jockey Plaza, sonó mi Nextel. Quién será, justo cuando estoy manejando, qué fregadera… Alvaro, mi teléfono… cómo suena esta vaina… vi en la pantalla: Mi (así tengo grabado a Miguel Ángel porque es su nick de msn). Por alguna extraña razón, el corazón se me alegró. “Hoooolaaaa”, le dije. Él me preguntó cómo estaba –me mordí la lengua para no delatarme y decir: “Más gorda, buaaa”-. Me contó que se iba a la playa ese día, me invitó… y se me ocurrió hacer de su casa nuestro centro de reunión para la juerga posterior en Asia. “Bu… bueno…”, respondió. Lo puse en compromiso, creo, pero la bala ya estaba disparada. Luego nos encontramos en la puerta de Ripley –coincidentemente, él estaba allí-. No nos veíamos desde setiembre y no miento cuando digo que, al acercarme, lo sentí con 5 años menos. Lo piropeé, se rió y me dijo que yo había crecido –jaja-. Palabras más, palabras menos, firmamos el contrato para la juerga del lunes y, como el destino quería darnos unos segundos más, lo alcancé en la Av. Holguín con mi carro, logrando que desde su ventana pudiera conocer por fin al nuevo Majomóvil.

Ni bien llegué a mi casa, hablé con la Melita y con la Roja. “Yeeee”, fue lo único que dijeron… y claro, los preparativos comenzaron. “Tenemos que estar bronceadas, ¡vamos a playa mañana!”. Con el tanque lleno, manejé hasta El Silencio y nos dimos una achicharrada suave, pero eficiente, gracias al Australian Gold Acelator Bronze Tan y la huachanhuer de la Roja.

El lunes, la Melita debía trabajar hasta las 8 p.m., con lo cual tendríamos que partir recién a esa hora rumbo al kilómetro 70 de la Panamericana Sur. Sin embargo, Nextel se apiadó de los pobres cholos que trabajan esos días y la botaron a las 5:30 p.m. Toallita, vestidito, sabanitas… “¡Roja, apúrate para no manejar de noche!”. “Ay, no, Chata, yo me voy con un amigo en la noche”. Mmmmffff… nos tincaba que ya no iría, pero ni modo. A las 6:45 p.m. la Melita y yo nos trepamos al Mirage y pa’ lante.

Kilómetro 60… “Melita, tímbrale a Miguel Ángel porque no sé dónde es su casa”. Melita, como buena copiloto, obedeció. “Majito, ¡no he salido de Lima”. Puuuucha… “Mikito, te espero en el grifo”. “No, me voy a demorar un montón… mi casa está abierta, yo te guío. “Noo, yo te espero”. “Sí la haces, yo te guío”. Y con la paciencia de profe del Touring, me guió paso a paso. El único pequeño error que cometimos fue meternos a una fiesta en un club de otra playa, pero no tardaron en sacarnos… y devolvernos a nuestro verdadero camino.

Una vez en el estacionamiento de Tres Islas –un lindo balneario privado con unas casas maravillosas-, se suponía que un guachi nos guiaría, pero naranjas. El guachi desapareció… y Miguel Angel no respondía a su Nextel. “Melita, ¿y ahora? Adivinaremos, pues… a ver… la casa de gaviotitas, no… muy huachafa… aquí, tampoco…”. “¡Majo, entró la alerta”. “Majito, mi casa es la de maderitas, abre y entra al cuarto de los camarotes”. Bingo, entramos. Arrasamos con el panetón y poco más… nos pintamos las uñas… nos pintamos la boca… nos tomamos fotos. Caraaacho, ¿a qué hora llegan? Ni rastro de la Roja, ni rastro de Mikito. Por fin, el dueño de casa apareció con una fulana agradable. Preparamos los bocaditos, servimos vino… terminado el vino, servimos champagne… terminado el champagne, ya eran cerca de las 12. “Van a venir mis amigos Bocha y su primo”, dijo Miguel Angel, “en mototaxi nomás, y trayendo el cd del Grupo 5… y les advierto que el primo vive en España, por lo cual habla como Chemo del Solar”. Jaja… La Roja, por su parte, avisó que se iría en su Maleño de frente a Asia, y que nos esperaba allá. De pronto, las 12. Ya los chicos habían llegado, ya habíamos escuchado el Grupo 5, ya estábamos todos sazonados. En eso, a la Melita se le ocurrió aplicar la cábala de la infalible Jossie Diez Canseco y echamos al aire cuatro puñados de orégano pidiendo 4 deseos.

Pocos minutos después, la Roja avisó que ya estaba en Asia… pequeño detalle, no dijo dónde exactamente, así que partimos en su búsqueda bien apachurrados en el carro de Mikito. Todo el camino fue un juego de alertas por Nextel, nunca conseguimos comunicarnos… se me prendió el foco y la llamé de mi celu Telefónica, al cual sí contestó. Casi me mata, me gritó. Casi la mato, la grité. Neutralizamos las iras, la recogimos y de frente a Eisha.

En el Boulevard, todo lleno. Chamo (así le pusimos al peruano-español, por el apodo que en El Especial del Humor le han puesto a Chemo del Solar) empezó a fregar –a eso se dedicó toda la noche, ja-, y la amiga de Miguel Ángel hizo una rabieta para irse a otro sitio. Finalmente, la chica se quedó durmiendo en el carro y nosotros peleamos una entrada en La Huaca. ¿Cómo la conseguimos? Casualmente, uno de mis ex alumnos era de la empresa organizadora y, tras unos minutos de floro, ordenó que le vendieran 6 entradas a su querida profesora Majo. Ja, ja… Entramos, bailamos… chelas van, chelas vienen, y por supuesto, la Cabrejos, con su polito plateado CON ESCARCHA, a lo fiesta de promo, hizo que el Chamo se le pegara y no la soltara hasta las 6 a.m., mientras la Melita, vestida de verde esperanza, luchaba por prender su flash y yo, niña scout como siempre, le quitaba a Miguel Ángel todos los vasos de chela a fin de que no manejara picadito el camino de regreso.

Para salir, ya de día, tuvimos que lidiar con los muchachos etílicos, que se sentaron atrás con nosotras (la amiga de Miguel Ángel se apropió del asiento de adelante y nadie la pudo sacar). La escena fue demasiado pintoresca: yo tuve sobre mi pecho (y cuello, y brazos, y piernas, ouch!) a la Melita, quien se quedó dormida inmediatamente. Suhail estuvo a mi lado y al lado de uno de los borrachitos, el Chamo, y el Bocha se quedó al otro extremo. Los primeros kilómetros no pude dejar de carcajearme con la desventura de la Roja: ¡los borrachos le estaban mordiendo el hombro! Jajaja… “Chata, haz algo, me está babeando…”. Con mi aparatote de Nextel en la mano, los aparté cual bestias: “Fuchi, fuchi, ya, basta…”. Lo siguiente fue la primera parada técnica para que el Bocha hiciera su pilita. El cuadro se repitió una vez más ya cerca de Tres Islas: la Roja quejándose por su hombro, yo riéndome nerviosamente, el Bocha orinando en la carretera… cuando llegamos, por fin, la fulana le pidió a Miguel Ángel que le hiciera servicio de taxi hasta Chilca, con lo cual no tuvimos que pasar nuestro primer día del año escuchando sus reclamos menopáusicos.

Ante la ausencia de la ley, el Chamo hizo de las suyas. Pese a que nos encerramos en el cuarto con llave, abrió la puerta… “aaahhh, sal, sal”, pum, empujón y chau -al día siguiente nos enteramos de que el pobre lo único que estaba haciendo era buscar a su primo… y abrió la puerta incorrecta, ja, ja… A la Roja le dio hambre y pese a saber que la bestia estaba suelta, se mandó solita a la cocina a buscar comida. Como era de esperarse, Chamo estaba allí, tomando la última chela de la jornada. Tras un forcejeo entre ambos que nadie espectó, pero que debió ser muy cómico, Suhail debió regresar con un pan helado en las manos, diciendo: “Ahhh, ¡¡¡y ahora cómo me subo a este camarote!!!”. Ni escalera ni patita de gallo, nada. Solita se las agenció para treparse y, gracias a Dios, no se movió de allí hasta el mediodía.

¿Melita y Bocha? Totalmente dormidos. Uno, en el cuarto de servicio –nadie sabe cómo llegó allí- y la otra, con su pijamita gris que combinaba perfectamente con sus medias.

En medio de todo el tumulto, decidí contar una historia. Cuando pregunté: “Roja, ¿qué piensas de lo que te he dicho?”, me contestó: “Ah… el impuesto predial…”. Me sentí totalmente estúpida habiendo hablado sin parar sin que nadie me escuchara y me largué a la playa, a mirar el mar. Poco después, estábamos ya todos babeando nuestra almohadita.

Como al mediodía, nos despertamos a “tomar desayuno”. No había sol, pero igual fuimos a la playa. Melita se dedicó a espantar gaviotas, yo me despanzurré en la arena… y la Roja hizo gala de su arte social en un quiosquito que vendía cebiche, donde comió con los tres chicos todo lo que pudo y empezó una tertulia que se prolongó hasta las 5 de la tarde en la casa.

Creo que, tras partir a Lima, todos nos quedamos con la sensación de que habíamos vivido algo así como el capítulo del Chavo en Acapulco: anécdotas, risas, iras, cebiche, salmón y café con leche. El sol se estaba poniendo y, con él, nuestros recuerdos de unos días espectaculares se iban guardando en nuestro corazón. Ya no importaba si el Chamo había babeado el hombro de Suhail, o si nadie había escuchado mi historia a las 7 de la mañana… solo sabíamos que habíamos vivido algo inolvidable, all included, y que, desde el fondo de la carretera, podíamos divisar un verano color esperanza, como el top de la Melita.

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