Chica de calendario

El otro día, me quisieron regalar una agenda. No de mi estilo, por cierto, pero aun así estuve a punto de aceptarla. Mi fervor por el papel couché y todo aquello en lo cual se pueda escribir casi me hizo quitarle a alguien la oportunidad de darle un buen y auténtico uso.

Horas más tarde, salí del trabajo y, mientras manejaba -quizás con el tema de la dichosa agendita metido en mi subconsciente-, se me ocurrió pensar: ¿hasta qué punto es bueno organizarse, planificar? En ese momento, se apoderó de mí una especie de rebeldía… “Ya no voy a planificar. Simplemente, viviré el día. Total, mejores cosas me pasan cuando no pienso en el futuro”. Las luces de los semáforos iban siendo cada vez menos favorables, y eso me dio tiempo para seguir discurriendo… ¿y mis planes de hacer una maestría, de viajar a Europa… aquello que un buen día escribí en un papelito con el título de “Sueños”, ¿dónde quedó? Volví en mí. Algo estaba fallando… y descubrí una verdad de perugrullo: hay cosas que entran en la agenda, y otras que no. Hay cosas que resultan como uno las planea, y otras que no. Y hay momentos en los que, simplemente, lo mejor es no planificar.

Luego de este momento de luz, hice un breve repaso de mis sueños, de las metas que me había trazado para convertirlas en realidad, y sentí cierto alivio al comprobar que no había perdido mi tiempo escribiéndolas en mi cuaderno rosado y mi agenda de Pascualina. Y, lo mejor de todo, fue que llegué a la conclusión de que el problema no es planificar o no, sino la inusitada capacidad que tenemos los seres humanos de aferrarnos a nuestros planes, al punto de sentirnos frustados si no los sacamos adelante.

¿Qué, acaso somos Dios? ¿Acaso podemos manejarlo todo, como si nuestros proyectos fueran marionetas que tienen un hilo en cada uno de nuestros dedos? Sin duda, no. Siempre queda la esperanza, el sueño, el objetivo; in english, the goal -aunque mi reciente amigo Félix diga “target”, pffff-. Pero si nos entercamos pensando que TIENE y TIENE QUE salir, terminaremos mal. Y tal vez no haya semáforo que nos permita reflexionar al respecto, porque estaremos con la cabeza entrampada en el tema.

Yo, debo admitirlo, estoy en la lucha por cambiarme a este equipo: el equipo de los que juegan su partido con pasión, celebran sus triunfos en el camerino y no lloran la derrota con el llanto del fracaso, sino de la pena… para luego aprender la lección, entender que las cosas pasan por algo, y volver a escribir en su agenda de Pascualina la lista de metas… o targets, según el gusto del lector.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s