Pato o gallareta

Cada 24 de enero, un día antes del cumpleaños de mi mamá, mi abuelo Porfirio se aparecía en mi casa -luego de haber caminado decenas de cuadras- con una torta en la mano, unos plátanos en la otra, y los infaltables caramelos en el bolsillo. Decía que iba en la víspera porque le daba roche estar con el resto de invitados. Nunca entendí realmente cuál era su dilema, pero siempre lo respeté.

El momento más emocionante de sus visitas era cuando nos llamaba calladito y, casi en confidencia, nos entregaba los caramelos. No sé por qué siempre traía los que tenían soda adentro, pero no importaba. Era su detalle y a nosotros, niños al fin y al cabo, nos hacía felices así.

Dicen que a las personas los marca la vida y, cuando se acerca su final, el perfume de Dios los llena de frescura. Con mi abuelo ocurrió eso. De joven, trató con mucha dureza a mi papá, huérfano a los 6 años de mi abuela Juana. No celebraba sus cientos de diplomas de honor, no iba al Colegio Salesiano a ver brillar a su pequeño… sin embargo, siempre se le iluminaban los ojos cuando de mi tía Rosita -a quien dicen heredé el geniecillo- se trataba.

Pero todo eso yo no lo viví y, por tanto, no está en mis recuerdos. En mi mente solo quedan su dedo jugando con la boca para hacernos reír; sus miles de santitos apostados en su mesa de noche; sus inacabables días de sufrimiento con la mujer que vivió con él; las Coca Cola de litro y los queques fríos que nos invitaba cada vez que lo visitábamos…

Nunca lo vi llorar, solo renegar de manera airada, debido a su sordera. Mi tía Rosita le enviaba de los Unites ropa y aparatitos para el oído, pero él, terco como es mi papá hoy, lo guardaba todo en un cajón. Solo cuando se iba a San Francisco desempolvaba todo, fuera a ser que mi tía se molestara y ayayay.

Muy a nuestro pesar, pasó sus últimos días en un hogar para ancianos. Cayó muy enfermo y necesitaba ayuda especial. Yo no viví eso muy de cerca, pues ya estaba estudiando en la Universidad de Piura, pero sí recuerdo mi último encuentro con él: fuimos mi mamá, mi papá y Guadalupe con un pollo a la brasa, a ver si lográbamos hacerlo comer. No tuvimos éxito. Me acerqué a su oído y le dije: “Abuelito, soy María José, he llegado de Piura”. En ese momento, mi abuelo despertó, cogió la estampa de la Virgen, y la empezó a agitar. Mi mamá creía que quería que la pusiéramos en su bolsillo, y acertó. La puse en el bolsillo de su camisa y la tocó con su mano, como aprisionándola sobre su corazón. Creo que pensó que era su amada Rosita, y con ese gesto agradeció a Dios la señal de que el adiós ya estaba cerca.

Días después, falleció. Eso sí, llegó al siglo XX. Se fue el día en que yo empezaba a practicar en RPP y, quizás en homenaje suyo, mi papá me dijo en la mañana: “Hija, pato o gallareta”. Junto con “no pasa nada”, era la frase usada por mi abuelo para significar: “al todo o nada”.

Cuando salí de la radio, fui al velorio. Mi papá estaba tranquilo. En cierto momento, le dijo a Alvaro, mi hermano menor: “Ahora estoy bien… más tarde, lloraré como un niño”. Suficiente. En ese momento, se desató la plañidera más larga de mi vida. Lloré esa noche, lloré al día siguiente… luego -quizás él mismo intercedió por mí ante Dios-, me callé y la vida continuó.

Hoy mi abuelo cumpliría un año más de vida en la tierra. No sé cuántos tiene ya en el cielo, porque en el cielo no hay tiempo. Desde allá, me imagino, me está observando… y al ver un par de lágrimas asomar en mis ojos, estoy segura de que no tardará en alcanzarme un caramelo con relleno de soda.

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