Aquel amor de música ligera

Es inevitable. Totalmente inevitable. Dicen que solo las mujeres tenemos nuestros días sensibles, pero yo creo que los hombres también. Yo, pese a que sostengo con firmeza que soy un clown dinamita, aún más. Y cuando me agarra, me agarra con una furia que resulta, como casi todo en mí, cómica.

Desde hace unos días, cual perrito que orina en cada esquina, ando derramando lágrimas de cocodrilo. Esas que salen de un suspiro, duran menos de un minuto y se borran con medio tissue. Me recuerdo a la protagonista de Alguien tiene que ceder, cuando decidió abandonar a Jack Nicholson porque este no le decía con todas sus letras que la amaba. Vi a un anciano comiendo solo en una panadería… y lloré. Vi la foto de mi papá dentro de un closet… y lloré. Fui al banco a cambiar mi tarjeta porque me robaron la anterior… y adivinen qué: lloré. A este paso, más dinero ganaré como plañidera que como comunicadora… de algo tienen que servirme los días sensibles, ¿no?, ya que en esta vida todo es para bien.

Bueno, continuando con el ciclo “Los amores de mi perdida juventud”, me toca contar la historia del primer hombre que me dijo que tenía unos ojos maravillosos. Y digo “el primer” porque, obviamente, luego lo hicieron otros, de esos capaces de mirar de frente y no hacia abajo, aunque luego les diera miedo lidiar con lo que se encontraron y huyeran despavoridos… como siempre digo, así como en la India no se le permite a las mujeres mostrar el rostro, aquí ser madura, simpática e inteligente es algo prohibitivo porque te quedas sola. 

En fin, habiendo soltado mi dardo canallesco -pasé un fin de semana INOLVIDABLE gracias a los pseudo viriles especímenes que, solo por obra divina, tienen alma y cuerpo: uno me plantó, otro me asaltó y otro escondió mi suculento lomo saltado… mil disculpas por tanto exabrupto-, paso a iniciar mi relato con mi kleenex en la mano para no ensuciar mi laptop con mis veraniegas lágrimas.

Pasaba yo a quinto de secundaria y estaba de vacaciones. Por esas épocas, se produjo mi metamorfosis de niña grunge a chica salserín, con mucho swing. Andaba con mis amigas por mi barrio de Breña y nuestro bacilón era ir al mercado de Jesús María a ver discos y otras chucherías. Fue en una de esas andanzas cuando lo vi detrás de un mostrador de un puesto de música y no pude evitar acercarme a preguntar por el cassette de… Menudo, Magneto, daba igual. Me respondió con una amplia sonrisa y luego se despidió. Me alejé volteando de a pocos para no olvidar su rostro y luego exclamé: “¡Qué churro!”. Mis amigas me dijeron: “Estee… no tanto….”. No importaba. A mí me había flechado y tenía que regresar pronto.

Así fue. Volví una y otra vez. Llegó febrero y, pese a saber que cada salidita implicaba llegar a mi casa con un globo de agua encima, lo visitaba con el afán de una quinceañera en la que nunca nadie se fijó antes. Cuando asomaba por su vitrina, me saludaba y sacaba un banquito que tenía dentro, para que yo me sentara y pudiera pasar con él un largo rato. Escuchábamos música, nos reíamos y hasta broméabamos con la gente de los otros puestos.

Durante el año escolar, el último de mi vida, seguí yendo. Ahorraba cada sol de mi propina diaria para que, llegado el sábado, pudiera ir a mi querida esquina y comprar un CD. Fue el año en el cual armé toda la colección de cd’s originales que tengo hoy, y que mi hermana menor ha heredado a punta de ser quien los sacude cada mes.

Me olvidaba: en todo ese lapso, Christian -así se llamaba el muchacho- se fue a vender a Polvos Rosados y no se despidió -cabe destacar que nunca nos intercambiamos teléfonos y menos aún mail, pues fue un invento que yo recién descubrí años más tarde-. Un buen día, fui a verlo y encontré a un amigo suyo, el sobrino del dueño. Me contó dónde estaba y me aparecí. Él sonrió, yo sonreí. Él me ofreció un disco caleta de Nirvana, yo lo compré. Él se despidió diciéndome que volvería a Jesús María, yo salí con mi disco en la mano y un ladrón me lo robó. Es decir, de ese encuentro solo me queda el recuerdo afectivo y espiritual -malditos choros, seguro que ni siquiera sabían pronunciar “Kurt Cobain”-.

Durante el 2006, cuando ya se acababan mis días de falda plizada y medias hasta la rodilla, decidí estudiar en la Universidad de Piura. Ingresé rápidamente a través de un examen y, mientras mis amigas se rompían el cerebro en la academia, yo tuve el verano libre para descansar… y para ver a Christian. Ante mi inminente partida, me pidió el teléfono. Nunca había mostrado signos concretos de un interés más allá del amical, pero asumo que ante la premura del tiempo, no le quedó otra. Días después me llamó para invitarme a salir, pero no acepté. ¡Por la fuckin! ¿Por qué dije que no? Porque ya me iba, quizás. ¡Desde niña ya me perseguía la cordura! ¡Oh, Dios!

Cuando llegó el 14 de febrero, me preguntó si podíamos ir al partido de presentación de Alianza Lima. Él era tan hincha como yo y estaba totalmente alucinada. Pero dije que no. Nuevamente: ¡por la fuckin! ¿Por qué le dije que no? Porque era una niña inexperta, quizás. De todas formas, ya da igual.

Finalmente, me fui. Nunca me dijo t-e-q-u-i-e-r-o, nunca lo hizo. Yo, menos. Solo recuerdo que cierta vez, en una de mis visitas esporádicas a Lima, fui a verlo. En medio de la conversación, soltó airadamente la frase “¡no puedo entenderlo con esos ojos maravillosos que Dios te dio!”. Mi memoria borró esa conversación, pero no esas palabras que, a mi parecer, expresaban todo el cariño que en silencio sentía por mí.

Alguna vez lo volví a ver, un par de años más tarde. Luego se me perdió, quizás porque se dedicó de lleno a su carrera -ya había comenzado Comunicaciones en la San Martín-, o porque ya la vida volvió paralelas nuestras vías. Sin embargo, cuando vuelve a mi mente, no puedo evitar pensar en eso de que “fue tan bonito verte pasar, al menos por un ratito por mi camino”.

Nunca más volví a Jesús María. Nunca más lo volví a ver. Hoy, que conozco a qué sabe la soledad, agradezco a Dios haber metido en mi corazón recuerdos tan bonitos como el de lo vivido con mi chico de los casettes de Menudo y los cd’s de Nirvana… para que, cuando suelte mis lágrimas de cocodrilo, tenga luego un buen motivo para sonreír de cara al viento.

Se preguntarán si lloré mientras escribí esto. ¿Adivinen qué? Se los dejo de tarea, je.  

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3 comentarios en “Aquel amor de música ligera

  1. La santa mujer que acaba de comentar es mi madre. Hola mami… sí, estoy mejor, asumiendo que el cebiche (la vida) no sería delicioso sin su ají (los problemas)… está buena mi comparación, ¿no?

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