30 años Salazar Silva – La previa

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Hoy ha llovido en Lima. Sí, como lo leen, ha llovido en Lima. Por estos lares, solo ocurre eso en invierno, que es a mitad de año, y no se llama lluvia sino llovizna o garúa. Pero hoy ha ocurrido algo insospechado de lo cual, lamentablemente, me di cuenta muy tarde como para salir a disfrutarlo con mi pantalón de cuadritos fucsias.

Es que así pasa cuando sucede… y, muchas veces, lo que no ha sido planificado resulta mejor que lo que aparecía en la alarma de la palm, la página moradita de Pascualina o el post it de la oficina.

Eso mismo ocurrió hace unas semanas en la ciudad donde nació mi mamá, mi hermano mayor, yo, mi primo Calín, mi tía Carmela, la Gorda Vera, etcétera y etcétera. El Macondo de mi árbol genealógico materno. El hogar de los vientos huracanados, la tierra hasta en las orejas, los zancudos en la punta de tu dedo meñique y, sobre todo, el calorcito de una gente que sabe vivir con la sonrisa que Dios nos manda. Chiclayo City o, por decirlo más fashion, CIX.

Y, pues, ¿qué ocurrió? Que mis padres, vueltos a sus orígenes conyugales luego de 30 años en la capital, celebraron este nada despreciable aniversario con todo el populorum que cupo en la casa del pueblo Silva, en la flamante combi del Tío Vicky y en la misma calle Francisco Cabrera donde mi mamá celebró sus 15, mi hermano mayor -Luigi- dio sus primeros y rotundos pasos, y la gente asoma su cabeza por la ventana de las casas sin ningún tipo de vergüenza o pudor.

Pero comencemos por el principio. Para agilizar la lectura, voy a escribir esta crónica en partes, de modo que no tengan que fumarse todo este rollo hasta el final -es increíble todo lo que se puede vivir en 3 días- y con los antecedentes del caso incluidos. Que les sea leve.

Cuando mis padres estaban por cumplir 25 años de casados, las celebradísimas por todos bodas de plata, mi tía Rosita les envió su ropita nueva desde los Unites. Sin embargo, en esa época las vacas estaban anoréxicas y nos quedamos con las ganas de organizarles algo bonito.

Los años pasaron y, un buen día, mi mamá cayó en la cuenta de que iba a cumplir 30 años con mi papá. Muy a su estilo, sentenció: “Ya verán ustedes qué hacen, pero yo quiero mi celebración”. Obviamente, la casa tembló. Por coincidencia, luego habló por teléfono con el padre Guillermo -el sacerdote que conoce qué marca de pañales ha usado toda la tribu norteña desde hace más de cuarto de siglo, y que ahora vive en España-, el cual le anunció que estaría en Perú en febrero. Mi mamá, por supuesto, no perdió tiempo y le pidió que celebrara la misa del aniversario en Chiclayo. Aceptó y listo, ya veríamos nosotros qué hacíamos.

Para ese entonces, mi papá había recibido la propuesta para trabajar en CIX, así que por allá se encontraba. Meses después, mi mamá le dio el alcance y, así, las coordinaciones debieron hacerse de manera interprovincial.

Terminó diciembre… llegó enero… pasó enero… mi tía Inés me soltó la lista de pendientes para la celebración… espera: ¿celebración? ¿pendientes? Oh, por Dios, ¿tan rápido se había pasado el tiempo? Ante mi inminente estrés, mis tías entraron en acción para ayudarme, lo cual me causó aun más estrés, porque cada día me iban sumando más items: torta, sillas, invitaciones, comida, cubiertos, trago, bla, bla y bla. Todo con grado de necesidad primera. Nuevamente: oh por Dios. Tuvo que aparecer Luigi para aplicar la estrategia de productor: dividamos las funciones. “Majo, tú ves la parte logística; Alvaro y yo nos encargamos de la parte feeling”. Mmmmfff… A ver, pues…

Valgan verdades, la vida de comunicadores bohemios no nos dio la lucidez mental para hacer un check list e ir cumpliendo las metas con tiempo. Igual se nos pasó el tiempo, e igual tuvimos que correr con todo hasta el último momento porque, claro, un par de días antes mi madre pretendió que comprara sabe Dios dónde unos arreglitos de plantitas para el novio, la novia y los niños más lindos de la familia (¿Luigi? y yo, je). Sin embargo, Dios quería que esto sucediera y enderezó nuestros renglones chuecos conmovido por nuestro torpe amor.

El otro tema de la agenda fantasma era el de los pasajes. ¿Avión o bus? ¿De noche o de día? ¿Pasillo o ventana? Aquí, felizmente, cada uno bailó con su propio pañuelo y se acomodó según su conveniencia. Mis hermanos hombres decidieron ir al concierto de Collective Soul -se subieron al avión en la mañana del día magno- y las mujeres, más prudentes y sabias, nos fuimos en bus una noche antes. Nuestra querida Tina, el ama del hogar, se había ido ya en el majomóvil Daihatsu, que pasaría a poder mi mamá -snif, snif-. ¿Que si ella manejó? ¡Qué va! Contratamos a un señor para que lo haga, un viejillo algo terco y boca suelta que no sabía cómo conducir carro automático y que no conocía las calles, no conocía las calles y no conocía las calles… qué disturbio.

El broche de oro de este capítulo lo puso Calín, el primo de los polos Tommy y el gusto increíblemente bien curtido -teniendo en cuenta que trabaja en Iquitos, donde el charm no es precisamente ley de la sociedad, je-. Por la distancia, había anunciado que no iría. Sin embargo, Luigi lo llamó y le metió tal discurso, que no lo convenció pero lo dejó pensando, al punto de que en un día pidió permiso en su trabajo, compró 4 pasajes y se despidió de la charapa que infructíferamente pretende esconder. 

Cuando llegamos, no hubo rosas en el aeropuerto ni lágrimas de emoción por los hijos pródigos. Pero no hizo falta. La presencia de nuestros primos y tíos -el frentón Marzio se llevó el diploma al mérito como anfitrión-, el olor a salchicha chiclayana -deben probarla- y la alegría de saber que luego de 15 años, un acontecimiento tan significativo nos volvería a juntar, fueron suficientes para cerrar nuestros ojos y empezar a disfrutar de un delicioso nudo en la garganta.

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2 comentarios en “30 años Salazar Silva – La previa

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