30 años Salazar Silva – El magno evento

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Acabo de volver de Chiclayo, casi un mes después de ocurrido el magno evento: la celebración de los 30 años de casados de mis papás. Nuevas vivencias, nuevos zancudos y nuevo dolor de estómago producto de haberme tomado como chicha morada los juguitos del cebiche, el sudado y cuanto plato se me cruzó por la frente -¿alguien oyó hablar de lo que es la gula… y la templanza?-. Sin embargo, el recuerdo de aquella noche sigue vivo y procedo a vertirlos sobre este papel virtual que ya lo aguanta todo.

Una vez en Chiclayo, me llevaron raudamente a la otra mitad de mi hogar. Mis papás estaban trabajando así que postergué el apachurrón, cogí el primer majomóvil -el cual ahora recorre las escombrosas pistas de la Friendship Capital… qué llantas, caray, mejores que el rollo que escondo con mi gel reductor, je- y me fui con el anfitrión del año (repaso: mi primo Marzio) a Pimentel. Como buena pituca, dejé el auto en una cochera y entré a una tienda a comprar mi agua San Luis.

– ¿Tienes algo de tomar… que no sea gaseosa? (engorda, fuchis)

– Sí, hay agua…

Cogí una botella del refrigerador y saqué exactamente un sol para pagarla

– Cuesta un sol veinte.

– ¿Quéee? Aquí dice: “Precio 1 sol”

– Pero cuesta un sol veinte.

– Está bien, toma tus 2o céntimos… qué mal tratan los chiclayanos a los turistas, con razón no viene nadie…

Marzio estalló en risa. Pensé que era por mis aires de limeñita estirada, pero no: era porque en la botella decía “precio sugerido”, con lo cual el pobre bodeguero podía cobrarme, sin remordimientos -y sin afectar el turismo en la región- 20 céntimos más.

Mientras estuvimos en la playa, me dispuse a adquirir un mega bronceado que me permitiera lucir regia en el evento. Llamé a un amigo de Mallorca y le conté que estaba frente al mar. “¿Y no te vas a meter?”, preguntó. “No, yo nunca entro al mar, estoy peleada con él”. Casi como una respuesta, en ese instante, el mar se escapó y nos mojó todo. Todo. Guadalupe, con reacción gatuna, salvó los celulares, pero nuestra ropa y toalla quedaron hechas puré de arena. Por ello y mirando a ver si no nos encontrábamos con nadie conocido, estiramos nuestra chistosa vergüenza y tomamos sol echados sobre la arena -momento en el cual vi cómo el mar se había llevado todas mis ínfulas de 20 céntimos cada una-.

Luego de una tarde en la cual mis papás nos pusieron al día de sus venturas y desventuras, nos alistamos todos para la misa. Cuando llegamos a la capilla, había algunos familiares esperándonos, por lo que mi mamá, a modo de saludo, empezó a tocar la bocina con ahínco. Yo, algo despistada, pensé que había un auto atrás fastidiándola y, luego de oír durante todo el camino sus quejosos “ustedes no me ayudan”, “¡ay, ya me perdí”, etc. etc., sentí la obligación de defender a quien me tuvo en sus entrañas y me heredó una cautivadora sonrisa -je-. “¿¡Quién carajo está tocando el claxon!?”, grité con voz desafiante, esperando que diera cara el mal nacido para dejarle muy en claro que a mi mamita, nadie la molesta. Mi mamá, soltando la risa, exclamó: “¡Fui yo!”. Trágame tierra. Encima de soltar una lisura delante de mis padres, ¡se la dirigí a ella! Ja, ja… gajes del oficio.

Del brazo de mi mamá -Luigi- y de mi papá -yo-, caminamos hacia el altar, y por ahí escuché una voz que decía “la próxima eres tú”. Ja. No era yo la protagonista así que seguí de largo. Tal como lo planeamos, la misa fue celebrada por el padre Guillermo y comenzó con un mini concierto de marinera, tondero, vals criollo y demás cuentos. “Fidelidad es felicidad”, fue la frase de la noche, así como los “sí, estoy dispuesto” nerviosones de mi papá. Le incomodaba sudar, nos incomodaban los zancudos e incomodaban a todos las ruidosas canciones de la fiesta que se armó al frente, pero igual estuvimos todos ahí, bien plantados.

Creo que una de las pocas mujeres que no lloró fui yo. Pensé que cuando leyera mi memorial de los 30 años, iba a cortárseme la voz, pero nada. Derramaron el lagrimón mi mamá, Guadalupe, María Gracia -la hermana de Marzio-, Tía Inés, la viejita de la limosna… en fin, para qué seguir enumerando. Baste decir que me sentí muy contenta al ver que la gente se emocionó, y me decepcioné un poco al oír las risas burlonas cuando dije que mi apodo era “Marthita Hildebrandt”, ja.

Otra de las decepciones que sufrí esa noche fue comprobar que el lindo vestido negro que me compré en Miraflores -no en Gamarra- y que me costó buena parte de mis contados ahorros del año pasado, lo tenía puesto también María Gracia, solo que en versión rojo. Peor aún fue el hecho de que lo hiciera público al subirse a dirigir una de las lecturas de la misa -previa seña mía desesperada cuando mis hermanos me dijeron que sufrían ¡miedo escénico!… ¡bah!-.

Cuando acabó la misa, descubrimos que nos faltaban pétalos de rosa para los novios. Nadie tenía siquiera polvillo que fungiera de arroz. Ni modo. Nos dirigimos a la casa de la calle Francisco Cabrera y, en medio de un disturbio totalmente lleno de orden, se sirvió la comida y el trago, se dieron las palabras de honor, se bailó la chicha del Grupo Cinco y se terminó la jarana en la vereda, corriendo un whisky y un vino. Los tíos hicieron gala de su galantera forma de bailar salsa, los primos nos dedicamos a llenar nuestras venitas de un alcohol para reírnos espontáneamente con los chistes de Tío Ronald -ja-, y todos pasamos una noche que pide a gritos repetirse pronto… con cierre de calle y palabras de Marthita Hildebrandt incluidas.

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