30 años Salazar Silva – Las palabras de Marthita

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En el anterior post mencioné un discurso que di en la misa por los 30 años de mis papás… si es de su interés, aquí les va: 

Uno de los últimos desvaríos mentales de mi jefe fue pedirme que revisara un libro escrito por él acerca de la familia. Mucho mucho no sé del tema, pero me aventuré a decir que sí, cómo no, a fin de mantener el prestigio que sutilmente sugiere mi curriculum. Luego de comenzar, decidí aventurarme a crear mi propia definición de “familia”. Haciendo alarde de mi apodo, Marthita Hildebrandt, acudí primero al Diccionario de la Real Academia Española. Encontré diez definiciones. Diez. Quizás la que más se parezca a lo que ordinariamente pensamos es “grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas”. Buen comienzo, pero… definitivamente, no era lo que estaba buscando. Luego de mucho pensar y de poner en práctica aquello del ensayo-error, ensayo-error, llegué a la conclusión de que el concepto de familia no puede ser expresado a través del lenguaje verbal. Pueden dedicarse miles de libros, todos los que mi mamá tiene en su biblioteca y ocupan la maletera de mi auto, pero nunca alcanzará el papel ni la tinta. ¿Saben por qué? Porque el amor no puede describirse. Yo no puedo explicar por qué, luego de 30 años, mi mamá sigue pendiente de que no falte una manzana en la casa para mi papá. O cómo mi papá podía, cuando éramos niños, tomarse el tiempo para lustrarnos los zapatos mientras dormíamos. Tampoco entiendo por qué Alvaro sabe que algo me pasa con solo mirarme, o cómo Luigi logra ser el único capaz de aplacar las iras de mi mamá. Mucho menos, claro, entenderé la manera en que Guadalupe ha llegado a ser la más fuerte de la tribu; Blanquita, nuestra mejor intercesora en el cielo, ni cómo Tina prepara sus deliciosos lomos saltados que, imagino, mi papá debe estar extrañando con locura. Y no es que sea tonta… creo que coincidimos en eso, je. Es que, sencillamente, el cariño entregado a lo largo del tiempo deja huellas en nuestra alma que trascienden los vínculos de sangre, porque salen del corazón y se elevan hasta el cielo. Allí, Dios diseñó desde toda la eternidad que Isaías se templara de Anita por teléfono, de que Alvarito se enfermara de pequeño para hacer de la estampa de San Josemaría casi casi el himno nacional de la casa, y de que hoy estemos aquí para agradecerle que, pese a la distancia, nada ni nadie nos separará. Como dijo una vez cierto profesor sabio que tuve, “si nos queremos, la distancia es lo de menos”.

Espero  que, dentro de 20 años, nos volvamos a encontrar. Algunos con más canitas de las que tienen ahora; otros, ya señorones adultos y con el master de la vida… y nosotros, los Salazar Silva, con la dicha de ver a nuestros hijos formados en lo más valioso que hemos ganado a lo largo de estos años: la experiencia de ser y hacer una auténtica familia.

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