Isla para dos

El habitante de la isla arribó a mi vida como quien dice: “Y a este, ¿quién lo llamó?”.  Pero fue el mejor momento elegido por Dios para soltarlo en mi autopista, tanto que llegué a dudar sobre si era un ángel de la guarda o un hombre de carne y hueso. Me encontraba yo en una etapa en la cual veía la vida con la luz de un fósforo Inti… todo era oscuro, incierto y, lo peor, subjetivo, pues el problema no era el mundo sino yo y mis femeninas complicaciones. Entonces, alguien tocó a mi puerta virtual.

– ¿Te apetece conversar?
(Silencio)
– Sí, me apetece.
(Silencio)
– Bueno, te contesté, pero parece que ya encontraste a otra chica porque no me respondes.
(Silencio)
– No, no te vayas, es que no vi tu mensaje. ¿Podemos conversar?

Y conversamos. Y seguimos conversando los días siguientes. Con muchas o pocas ganas de aparecernos, el asunto era que siempre concidíamos en el muy apreciable chat del gmail.
Un buen día, hablamos del amor.

– Aquí, ser madura para una relación es algo prohitivo. A los hombres les gustan tontas y superficiales.
– ¡Qué dices! El que tú hayas tenido esa experiencia no significa que sea siempre así.
– Es así. Y yo ya me resigné a quedarme con un idiota, eso no se puede cambiar.
– Pues qué pena. Tú deberías aspirar a estar con un hombre que viva para quererte. Defectos siempre habrá, pero es parte del crecer juntos.  ¿Es que acaso no tienes sueños?
– De tenerlos, los tengo, pero ya me resigné. Es mejor, para no ilusionarse.

Por supuesto, la conversación fue un tanto más larga y, sobre todo, más cruda. Yo no quería entender razones, él no quería sucumbir ante mi fatalismo. Finalmente, terminamos la sesión.

Para que se entienda un poco el contexto, el mes anterior a los sucesos que aquí se cuentan, estuve saliendo con un chico. Un buen día, desapareció, y por si fuera poco, se enamoró de otra. Como si hubiera estado caminando conmigo, pero sin mí, con su cabeza puesta en la de al lado. ¡Menudo disturbio! En fin. Esa situación me había llevado a sentirme más decepcionada de las relaciones afectivas y de mi poca astucia para distinguir el interés del mero cotilleo.

La noche luego de dicha conversación, en posición horizontal cual si estuviera en un diván, le conté a mi joven psicoterapeuta -léase mi hermano de 22 años- mi ridícula historia.

– Tienes dos opciones: una, que te cargues al pata, sabiendo a lo que te atienes… y la otra es que te valores a ti misma y te des cuenta de que mereces algo mejor.

Un flashback auditivo me remitió a las palabras del habitante de la isla. Autoestima, valor, paz… fue entonces cuando, en tan solo unos minutos, el fósforo Inti se apagó y se prendió el foco de 200 watts. Lo tenía todo muy claro. Creo que hasta la postura me cambió. Yo era una mujer con defectos, sí, pero también muchas virtudes, y si iba a compartir la vida con alguien -una vida que pretendo santificar-, este no podía ser cualquier papanatas. No. Además… ¡era muy feliz! Decidí redecorar mi cuarto, comprarme más libros y, por supuesto, agradecerle al habitante el haber sido parte de esto.

Al día siguiente se lo conté, tarareando en mi interior: “Por eso y muchas cosas más…”. ¿Qué, me enseñó algo más? Sí. Ya con el alma al aire, para dársela en un suspiro, aprendí de él a no complicarme la vida. No puede ser de otra manera: Dios es simple. Aprendí a decir “pues ya está”, a darle valor a cada minuto y a tenerle menos miedo al mar. Bueno, es algo mezquino decir que la lección comenzó de cero; alguito ya tenía en mi cabeza y mi corazón. En todo caso, lo que hizo él fue recordármelo y hacerme ver que las cosas, simplemente, “ya están”. No hay más vuelta que darles.

Hoy se cumple un mes más del día en el que a ambos nos apeteció hablar. Calculo que ahora debe estar en su isla narrando la historia de los mosquitos que lo devoraron en la selva peruana, y lo mal que sabe la piraña… y, espero, recordando el mar verdoso que tuvimos el gusto de respirar, codo a codo, mientras nos tomábamos el helado más dulce de mi verano.

PD: Él es el habitante de la isla, cuando me visitó por primera vez en Lima:

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8 comentarios en “Isla para dos

  1. Qué bonito hijita. Qué alegría ver como vas encontrando tu camino y tomando decisiones maduras y positivas. Es cierto. a vivir el hoy y a reconocernos que somos una estrella valiosa, con luz propia, diferentes a las otras del universo. te quiero. tu mami

  2. Uy, madre, tú también tienes tu verso… eso de estrella nunca me lo habías dicho… creo que hoy me imaginaré que estás echada en tu cama, rascándome la cabecita y diciéndome que soy una estrella con luz propia… y luego: “Ya, vaya a su cama que quiero dormir”. Ja, ja… ¡te quiero, mamá!

  3. Autoestima. Totalmente de acuerdo.
    Vivir cada minuto. Sí, no hay otra forma de vivir.
    Un hombre que viva para quererme… No. Me moriría de asfixia. Quiero un hombre con vida propia, con luz propia, que viva para querer y para hacer cosas buenas, que tenga la voluntad de hacer coincidir sus caminos con los míos, que se deje acompañar y me acompañe. Que valore su espacio tanto como el mío, y cuide de mis alas como de las suyas, con amor.
    Me gustaría encontrar al compañero del resto de mis (nuestros) viajes.

  4. “Un hombre que viva para querernos”… no se contradice con lo que piensas (y yo también pienso). Un hombre de este tipo tiene que, primero, quererse a sí mismo. Si no, nos convertiríamos en sus madres psicológicas y eso, ni a ti ni a mí, nos haría felices. Valorarse a él mismo implica cuidar su tiempo, su espacio y la relación con nosotras. Eso implica que sea una persona inteligente, comprensiva y con mucho sentido del respeto. A eso me refería ,)

    Estee… ¿pedimos mucho?

  5. Mujer, si encima de eso el tío nos gusta, la hicimos linda! Es que a mí me pasa todo el tiempo que me gustan bastante “gatunos” (igual se trata de mi reflejo) y quienes están ahí, a disposición y con amor, no, no me gustan, paso de ellos…
    Así que no sólo tiene que estar bien él, también tengo que estarlo yo.
    A ver, pues.
    Un abrazo!

  6. Pues sí. Y hay momentos en los cuales no solo nos gustan los gatunos, sino los “chicos paquete”, aquellos en los que nos fijamos no solo por ellos mismos, sino por todo lo que viene con ellos (status, estilo de vida, trabajo, etc. etc.). Invoquemos a Aristóteles para que nos logre la virtud, es decir, el punto medio.

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