La cadencia de Platón

Requisitos para ser profesor de spinning:

1) tener una linda sonrisa

2) tener una linda mirada 

3) saber pedalear sin sudar

Ah, bueno… conocer algo de ciclismo, técnicas respiratorias, educación física, nutrición… pero eso es secundario. En la experiencia de toda chica que ha pasado alguna temporada en algún gimnasio de alguna parte de la ciudad, las mejores clases de spinning son las que dictan los muchachotes bien parecidos, que con una sonrisa salamera y un “hola, ¿vienes a mi clase?” logran que dejes todo en la cancha y regreses a tu casa totalmente renovada, rejuvenecida y con el autoestima tocando la Osa Mayor. Personalmente, me pasó con Jonás, ahora me pasa con Toño… sin duda, son vivencias instantáneas como Nescafé, pero potentes emocionalmente como un Red Bull, lo cual, pienso yo, nunca viene nada mal.

Hace como 5 años empecé mi periplo por los gimnasios de Lima. A leguas, me quedo con el Gold’s Gym. Siempre me causó la surreal sensación de ser un espacio que no se encuentra en el planeta Tierra. Allí no hay taxistas que te meten el carro o compañeros de trabajo envidiosos y fisgones. Solo hay sonrisas, apoyo moral, profesores simpaticones y unas clases de baile maravillosas. Por eso, no me importaba tener que cargar con mi cartera, folders de la universidad -todavía era maestra- y el mochilón del gimnasio, subirme a la combi y caminar luego 8 cuadras hasta mi casa con todo encima. No, no y no. Lo hacía feliz porque el esfuerzo resultaba bien pagado, sobre todo cuando salía de las clases de spinning de Jonás. Jonás… un modelo importado de Brasil que dejó los catálogos -digo yo- para usar su gorra de ciclista tres veces por semana, a las 7 p.m.  Con él aprendí el término “cadencia” en toda su extensión, y mis horas se convirtieron en “rutas de resistencia”, siendo los últimos minutos el “tramo final de la carrera”. Pfff… qué disturbio. De haber sido la última en Educación Física, con mi Ventolín en la mano, pasé a ocupar la primera fila -frente a él- en la clase, y a seguir con precisión cada una de sus instrucciones. Por supuesto, al final me demoraba recogieeeendo mi botella, mi llave, mi celular, mi toalla, mi etc. y etc. para juuusto coincidir con él e intercambiar un par de palabritas.

A fines del 2005, en Navidad, recuerdo que le compré una tarjeta de agradecimiento. Nada de rucadas, pues él para mí fue siempre un amor platónico, lejano, tan lejano como el metro eterno que separó siempre su bicicleta de profesor de la mía, por más primera fila que ocupara. Pero no fue. Boté mi tarjeta al basurero y, cuando tiempo después regresó, tenía un aro en el dedo anular. A partir de entonces, por más que nunca soñé con un “tú y yo”, preferí bajarlo del pedestal y no esperarlo más a la salida de la clase, ya que un corazón bastaba para amarlo y el mío tenía otras cosas más entretenidas a que dedicarse.

Este año, después de algunos intentos fallidos en otro gimnasio, volví al Gold’s, solo que en otro local. Debo confesar que me costó, pues mi espíritu vibrante y mi energía vital han sufrido algunos duros golpes en los últimos tiempos y ya no logro con tanta facilidad ser la mujer que me da la gana de ser. Ahora, pese a que ya no tengo que cargar mi mochilón en una combi, pues lo meto en la maletera de mi auto, paradójicamente me he vuelto más flojona hasta para salir a divertirme. Mal, muy mal, Majo… una burguesa más en una ciudad que necesita guerreras en pie de lucha.  Pero bueno… ya pasará. El asunto es que, un buen viernes, llegué a las 9 p.m. -mi actual hora habitual para comenzar mi segunda parte del “día”- y me metí al salón de cycling. Todo bien, todo normal… en eso, entró. No, no fue Jonás… fue Toño. ¿Y quién es ese? Pues no sé. Solo sé que sí sé que el corazón entró a la resistencia 90% cuando se acercó y me dijo: “Eres asmática como yo”, con una sonrisa de apoyo y complicidad. Pff… ese día mi inhalador quedó en el piso y sudé y disfruté y mi corazón se alegró más que cuando Alejandro Sanz me cantó al oído -eh, bueno, a mi oído y al de 19,999 mujeres más- “Y si fuera ella”. Y claro, volví el siguiente viernes, y el siguiente… y ya los viernes no son para salir volando de la oficina a chapar mi 2×1 en el Friday’s. Es para que Toño me diga que soy asmática, que me quitará el inhalador, que mi bicicleta necesita acomodarse -by him- y que he hecho una muy buena clase, previa ligera tocadita de mano (como diría mi amigo Miguel Ángelin lin lin, “¿quéeeeeee?” ja, ja…).

La verdad es que creo que Toño es gay. Pero no me importa. Tal como en el caso de Jonás, no lo quiero para marido, ni para novio, ni siquiera para acompañante de fiesta masiva. Lo quiero como la sonrisa motivadora, los ojos frescos que regalan paz y disturbio al mismo tiempo, y la mejor excusa para sudar mis pelos recién laciados los viernes en la noche. Lo otro sería dotar de humanidad a alguien que debe vivir en el Mundo de las Ideas de Platón… cosa que, por el momento, no necesito.

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4 comentarios en “La cadencia de Platón

  1. Sr. El Ñol

    Vía telefónica, se le precisó que su reclamo sería atendido en 12 horas, es decir, que sería alcanzado a la editora para su conocimiento en ese lapso de tiempo. Le rogamos no confunda los términos.

    Respondiendo a su solicitud, la editora ya ha sido informada e indica que al término de otras 12 horas, procederá a emitir el respectivo post. Asimismo, pide disculpas a sus lectores y promete mejores historias en lo sucesivo.

    Atentamente,

    La chuli de la editora (o sea, ella misma)

  2. Majo! yo tb iba -hace un año- a sus clases. Y pues como dices, Toño tiene esa energía que logra en una dejar las malas vibras fuera del salón y pedalear soñando que vas primera, y con él al lado 😀

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