Afanes golondrinos

Dicen que el que busca, encuentra. Pero no siempre lo que se encuentra es exactamente lo que estabas buscando: a veces es mejor… a veces no. Vas a la tienda en busca de un jean, y te encuentras con un pantalón de corduroy maravilloso que te hace olvidar al jean; o encuentras tu jean pero el primer día de uso, te das cuenta de que no era la talla correcta y ya es demasiado tarde para cambiarlo porque te fuiste a tonear con él al día siguiente de la compra.

Es, al parecer, una ley de vida. A veces se gana, a veces se pierde, y no tienes cómo preveer el resultado de tus acciones, solo pensar en una meta flexible de tal forma que, pase lo que pase, no termines frustrado ni derrotado ante el fruto que nunca llegó.

Lo mismo ocurre con las relaciones interpersonales chico-chica, sobre todo cuando uno se encuentra dispuesto: conoces a alguien, conversas, sales, recibes mensajes, mandas mensajes, chateas, llamas, te llaman, esperas, te esperan, y al final, tal como ocurrió con el jean del primer párrafo, podrías darte cuenta de que no te entallaba (o tú no eras su talla) y, como dice Marc Anthony, “todo, todo queda en cero, amor”.

A eso le llamó yo un afán golondrino. Un afán que llega a tu bolsa (tu corazón), obtiene la rentabilidad deseada -el cariño, la compañía, la amistad que le puedes ofrecer- y luego, cuando todo todo queda en cero, amor, fuga. ¿Y qué es quedar en cero? Descubrir que no eres el jean de su talla, que le sobra la basta o le aprieta el botón… que, simplemente, no puedes ser más que una amiga (o) y que es mejor ir descosiendo el interés poco a poco.  

Los hay de varios tipos. Entre ellos, los rapiditos, que solo necesitan un par de horas en un café para establecer el diagnóstico respectivo y desaparecer. Normalmente estos vuelven, pero después de mucho tiempo. Meses, quizá años. Siguen viviendo su vida y, de pronto, les cae la duda sobre si se apresuraron al juzgar, por lo cual no tienen reparo en mandarte un mail o dejarte un mensaje en el chat preguntándote qué es de tu vida y oye, cuánto tiempo ha pasado, hay que salir un día a conversar. También están los agenderos, los que salen con su check list de requisitos indispensables para ver si pueden pensar en estar contigo algún día sin hacer violencia a su personalidad, a su yo. Dentro de este grupo, encontramos a los flexibles, los que son capaces de ajustar su check list de acuerdo a lo que su corazón les va dictando y hasta aventurarse a olvidar el papel de tanto haberlo tenido que borrar. Y claro, también están los que no se van porque descubren que no eres lo que buscaban, sino porque entran en pánico escénico y prefieren regresar al camerino.

Esto, por supuesto, no responde a un afán de etiquetar a las personas, sino a una especie de esfuerzo por entender la psicología humana… y lograr que, tú, lector (a), no sufras cuando te encuentres con un afán golondrino. Recuerda que tú mismo puedes ser o has sido uno. Además, en este caso, estoy excluyendo totalmente al aprovechado del choque y fuga, del que sale contigo solo cuando tu auto tiene gasolina, porque te considera su backup o porque eres lo suficientemente guapo (a) para acompañarla (lo) a un matrimonio. Más bien, me refiero a los que, sanamente, se acercan a ti y cuando se dan cuenta de que no pasa nada, toman la sabia decisión de no dejar que corra más agua.

De que friega, friega, porque uno no es de piedra y, aunque solo haya sido una salida, igual se te encendió el corazón ante la llamada, el mensaje de texto o el mail… o el chat o lo que haya sido. Sin embargo, justo por ahí pulula mi juicio positivo del asunto: el que tengas un afán golondrino quiere decir, a fin de cuentas, que alguien eligió TU corazón para descubrir si es su parte incompleta. Tal vez se fijó antes en 20 más… tal vez después de ti vengan otras(os) 20 más. Qué importa. “Si es así, déjalo ahí”, ya se te alegró el corazón, ya te fuiste a la pelu para ponerte bonita en vez de quedarte zanganeando en tu casa… algún día, si Dios quiere, aparecerá quien descubra el verdadero valor de tu corazón y decida dejar sus alas sobre las tuyas para siempre.

PD: Para quienes leyeron el anterior post, han de saber que un día, le dije a mi amiga Wendy -tb socia del Gold’s- que fuera a las clases de mi amado Toño. Me respondió: “Sí, claro, yo le soy fiel… y cuando se acerca a arreglarme la bicicleta, ME TOCA LA MANO y me dice: ‘¿Todo bien?'”. Plop… ¡y yo que pensé que era la única! -pobre ingenua-, ja, ja…

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