De tacones huachafos, cariños ninja e inyecciones de amor

Luego de haberme estacionado en cierta calle de Miraflores, en cuyo nombre nunca reparé, y haber llamado a mi amigo el Doc para contarle mis desventuras, escuché a través del teléfono: “Majo… en Navidad, uno se pone más nostálgico y tiende a perder el tiempo pensando en uno mismo… en el por qué a mí, en el quisiera esto, pero no lo tengo, en la soledad… por eso, para que no pienses tanta tontería junta, llena tu agenda de otras cosas y punto, ¡ya está!”. Y ya estaba. ¿Por qué nadie me dijo eso antes de comenzar el mes? ¿POR QUÉEE? En fin, ya estaba. Ya era como 20 de diciembre y lo peor había pasado… pero por si las moscas, me apropié muy bien del consejo. 

Definitivamente, mi inteligencia emocional no se había activado por semanas y era hora de ponerle un pare a tanto estrés forajido, a tantas emociones escarpadas… era momento de buscar mi perdido papel principal en la película de mi vida y olvidar que estaba actuando como la mejor amiga de la protagonista.

Nada de autoculpas. Nada de autorreclamos. No hice todas las canastitas navideñas de otros años… piña. No terminé con el delivery de las galletas que tuve que comprar a falta de mis canastitas… piña. A ciertos amigos les hice falta, me percibieron extraña, hasta me llamaron “renegoncita” en pleno intercambio de regalos… recontra piña. En un mes en el que había sido exprimida, estrujada y casi forzada a convertirme en un autobot, transfórmate y avanza, el único que tenía derecho a reclamo era Dios. Nadie más. Por eso, cuando volví a casa luego de la catarsis en aquella calle de Miraflores, me recosté sobre mi cama decidida a recuperar la paz. Y la paz, la paz vestida de cariño silente, discreto, casi ninja, llegó a través de Ñol y nuestro querido msn. “Habla, choche, unas chelas…”. Una chelas… qué proposición tan galante y decorosa -sin ironía, varón-… ¡justo lo que necesitaba! En medio de tantos abrazos que no quería dar y tanto amor forzado de tinta de proveedor que no quería recibir, esa invitación fue como un baño de realidad. Acepté gustosamente y en pocos minutos nos convertimos en seis. Caímos donde caímos, bailamos lo que bailamos y la pasamos muy bien… hacía meses, ¡meses!, que no me divertía tanto. Según la Ochoa, a quien saqué de su casa a las 11 pm, más parecía mi cumpleaños que una común y silvestre fiesta en la capital. Ñol, Gus, DC, si leen esto, realmente, ¡gracias! Ñol, llegaste justo a tiempo, como alguna vez lo prometiste.

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Pasada la buena noche -que no es lo mismo que la nochebuena-, lo que vino fue un día de chamba totalmente relajante -único en la vida, registrado en una bitácora- y el esperado viaje a Chiclayo. Me había ufanado diciéndole a todo el mundo que volvería negrita carboncito, pues la playa de Pimentel es totalmente exitosa… y me encontré a mí misma, ni bien bajé del bus, caminando envuelta en una toalla porque tenía… frío. Ejem, bueno, cuento exagerado porque realmente sí había sol, pero la brisita esa atrevida me dejó claro que todavía no había llegado mi momento de lucir espléndida con mi recién compradito labial extra bronce de Natura. Fuck.

Lo que vino luego fue una sucesión inacabable de reuniones familiares. Cuchumil hermanos, cuchumil primos, cuchumil sobrinos… por ahí contamos hasta tatarabuelos vivos… paseos en el mamimóvil, la Navidad en casa sin padres porque habían ido a recoger del aeropuerto a Luigi, mi hermano mayor… y Chiclayo. Chiclayo, Chiclayo… la capital de la amistad que hoy no es más que un lugar cualquiera -en términos urbanísticos, claro está, pues no dejará de ser el lugar donde vive mi familia, qué caray-, porque la amistad se fue de vacaciones o simplemente murió. Hace 20 años, era una ciudad vieja, con pistas adoquinadas y paredes descoloridas… pero daba gusto ir, y caminar hasta la Catedral, y deslizarse sobre el tobogán de Leguía… y comer empanadas de globo, bodoques y tortitas de choclo de un sol, casi casi saltando como el Chavo del Ocho. Ahora, en plena Navidad, lo que encuentras en la Plaza de Armas es una turbamulta que se apedrea por tomarse fotos con los adornos huachafos que unos anunciantes con cero gusto han puesto en algunos sectores. Encuentras también que cruzar la pista es una cuestión de vida o muerte, y que solo el 25% de los pobladores son realmente chiclayanos.  

Alguna vez me dijeron: “Las chiclayanas son muy simpáticas”. Era cierto. Hoy no. Hoy ves a chicas subidas de peso que, sin pizca de autoestima -o demasiada, quizás-, usan los polos más escotados y apretados que pueda uno tolerar, combinados con las sandalias de tacón que solo una vedette en prospecto luciría orgullosa. Qué disturbio.

Sé que puedo herir susceptibilidades, pese a que estoy tratando ser ser sutil. Y como también sé que realmente no lo lograré, mejor me callo y paso a otro tema… a la despedida. Y sí, son las 12:15 am, mañana vuelvo a trabajar y aunque no tengo sueño, es mejor que me acueste ya, esta vez muy tranquila porque en medio de los adornos huachafos del parque y los taxistas que casi acaban con mi vida, cada abrazo de mi mamá y de mi papá fueron la inyección de amor y paz a la vena que no tenía color de tarjeta de proveedor, sino el estilo y el gusto de Dios.

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5 comentarios en “De tacones huachafos, cariños ninja e inyecciones de amor

  1. Urte berri on!
    Y a seguir disfrutando de esos abracitos paternos y maternos que dan tanta fuerza y valen más que todos los posgrados del mundo, cariño.
    Muchos besos.

  2. no estoy de acuerdo con tu punto de vista hacia las chiclayanas…. gordas ? huachafas ? …… hace poco vine del centro y ya me enamore de unas 20 muchachas…

    nos vemos.

    • Thank you for your comment. At the time I am not blogging on “Un mundo para compartir”, because I am dedicating some time to “Matriaventuras” (matriaventuras.wordpress.com). I tell you this just in case you want to take a look, even though it’s in spanish :S.

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